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El anuncio de la cancelación del aeropuerto y sus efectos secundarios

11 / 11 / 2018 — José Villarreal

Mucho se ha escrito sobre la decisión y los resultados de la consulta del aeropuerto en estos días. Me gustaría también compartir algunas de mis ideas al respecto.

Soy viajero frecuente a la Ciudad de México. La visito varias veces al mes y, con el paso de los años, he visto con mis propios ojos el incremento en el tráfico no solo en el Benito Juárez, sino en todos los aeropuertos del país: más viajeros, más comercio, más aerolíneas.

En general, y como en todo, la demanda del servicio viaja más rápido que las soluciones. Sucede en Puebla, en donde no hay taxis. Caso similar ocurre en Monterrey, con filas enormes para la transportación terrestre cuando confluyen múltiples llegadas. En Tijuana, escasean lugares y restaurantes cómodos para atender a los miles de viajeros en el aeropuerto.

Por trabajo o por placer, México ha crecido en turismo. Así lo reflejan las cifras de las secretarías: por el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México transitan más de 45 millones de personas anualmente, creciendo a tasas constantes de más del 6% al año; sumando sus dos terminales, este mueve a casi el 78% del total del turismo nacional y extranjero del país, y es el segundo lugar de movimiento de personas en Latinoamérica, solo seguido por Cancún.

Confieso que el anuncio de la cancelación causó en mí una reacción negativa. Sin embargo, la molestia y la tristeza llegaron acompañadas de una claridad que me invitó a la reflexión: ¿cuáles son las razones detrás de este sentimiento que seguro comparto con muchos viajeros, inversionistas y participantes del mercado financiero en general?

Lo primero es que las cifras no mienten. En el país, millones de personas pasan por la Ciudad de México como destino o como escala, y los aeropuertos quedaron obsoletos para hacer buen frente a las necesidades del viajero, más notoriamente la terminal 1 del Benito Juárez.

¿Qué es lo que observa un viajero? Defectos en pasillos, pisos levantados, parches, falta de aire acondicionado, baños sucios, filas interminables, el olor a drenaje al aterrizar en las mañanas. La neta, neta, neta: ¿cómo no aceptar que urge la infraestructura?, ¿cómo no tratar de mejorar nuestra cara al viajero nacional y extranjero? El aeropuerto es como la puerta de nuestra casa, y esta puerta es vergonzosa: vieja, tirada, rota, con goteras...

Aunque no voté por AMLO, siempre estaré de acuerdo con ser honestos y transparentes en el juicio, en hacer lo correcto según la circunstancias. Aplaudí su discurso inaugural; en él, sentí un futuro presidente visionario, sin ego o afanes de poder, e inteligente en la búsqueda de soluciones estratégicas por el bien del país.

El contraste ahora me resulta increíble. ¿Cómo hacer y validar una consulta de un millón de personas en un país de 100?, ¿qué foro tomó la decisión?, ¿quién preguntó a viajeros, líneas aéreas, comerciantes, hoteleros, que son quienes finalmente usan (y padecen) la infraestructura?

En mi lectura, y creo que en la de muchos, esto cruzó por mi mente: esta ha sido una decisión para ganar popularidad que atenta contra las necesidades reales de un país; agenda personal, ego, búsqueda de poder por encima del bien común. Tirar a la basura dinero, presupuestos, ingeniería… hacerlo todo de nuevo, desde cero, además de que no bastarán seis años para completar el proceso: el nuevo aeropuerto no se verá siquiera en el periodo de la administración entrante.

Son muchos quienes pensamos, y seguro que los mercados financieros también lo hubieran aplaudido, que la pregunta era innecesaria. El proyecto se necesita. Aceptar que ya empezó y seguir adelante, pero sin dejar de auditar cada contrato y proveedor; renegociando si fuera necesario; cambiando contratistas si se encontraran sobreprecios o costos extra. En resumen: revisemos, ajustemos, ahorremos, pero no paremos.

Soy positivo. Me gusta México, mi país, pero por lo mismo anhelo verlo en otro nivel; con una mentalidad de crecimiento a futuro y no repitiendo patrones pasados. Es nuestra responsabilidad expresarnos y luchar por que la sensatez en común sea más fuerte que la agenda individual.

Mucho que hacer y trabajar para darle la vuelta al asunto y lograr correcciones. Es de sabios cambiar de opinión. Ojalá que así sea.

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